Raul Brandau

Soy un simple espectador de la vida, que no intenta explicarla. No afirmo ni niego. Hace mucho que huyo de juzgar a los hombres, y, a cada hora que pasa, la vida me parece o muy complicada y misteriosa o muy simple y profunda. No aprendo a morir, desaprendo a morir.Raul Brandau ----------------------------------------------------------------------------

Confesiones de un terrorista

 
           Estados Unidos ha entrado en uno de sus periodos de locura histórica, pero éste es el peor de cuantos recuerdo: peor que el macartismo, peor que la bahía de Cochinos y, a largo plazo, potencialmente más desastroso que la guerra de Vietnam. La reacción al 11-S ha ido más allá de lo que Osama hubiera esperado en sus sueños más siniestros. Como en la época de McCarthy, los derechos y libertades nacionales, que han hecho de EE UU la envidia del mundo, están siendo erosionados de forma sistemática.

La persecución de residentes extranjeros en EE UU sigue a buen ritmo. Personas "no permanentes" de sexo masculino y origen norcoreano o de Oriente Próximo desaparecen en cárceles secretas tras acusaciones secretas por la palabra secreta de los jueces. Palestinos que residen en Estados Unidos, a quienes antes se consideraba ciudadanos sin Estado, y por tanto no deportables, están siendo entregados a Israel para ser "reasentados" en Gaza y en Cisjordania, lugares que quizá no hayan pisado jamás. ¿Estamos jugando al mismo juego aquí en Gran Bretaña? Supongo que sí. Dentro de 30 años dejarán que lo sepamos. La combinación de la complicidad de los medios de comunicación estadounidenses con los intereses creados de las grandes empresas asegura una vez más que un debate que debiera estarse oyendo en las plazas de todos los pueblos se reduce a los artículos más sesudos de la prensa de la Costa Oeste de EE UU: "Ver columna A de la página 27, si es usted capaz de encontrarla en el periódico, y de entenderla".Ningún Gobierno norteamericano ha mantenido nunca sus cartas tan pegadas al pecho. Si los servicios de inteligencia no saben nada, ése será el secreto mejor guardado de todos. Recuerden que se trata de las mismas organizaciones que nos mostraron el mayor fracaso en la historia de la inteligencia: el 11-S. Esta guerra inminente estaba planeada años antes de que atacara Osama Bin Laden, pero fue Osama quien la hizo posible. Sin Osama, la junta de Bush seguiría intentando explicar asuntos tan peliagudos como la forma en que logró salir elegida; Enron; sus desvergonzados favores a quienes son ya demasiado ricos; su desprecio irresponsable por los pobres del mundo, por la ecología, y por un sinnúmero de tratados internacionales derogados unilateralmente. Quizá también tendrían que explicarnos por qué apoyan a Israel en su desprecio continuado por las resoluciones de la ONU.

Pero, oportunamente, Osama barrió todo eso bajo la alfombra. Los Bush cabalgan de nuevo. Se dice que el 88% de los norteamericanos quiere la guerra. El presupuesto de Defensa de EE UU ha aumentado en 60.000 millones de dólares, hasta alcanzar alrededor de los 360.000 millones de dólares. De las fábricas está saliendo una espléndida nueva generación de armas nucleares americanas, preparadas para responder igualmente a las armas nucleares, químicas y biológicas en manos de Estados irresponsables. Así que todos podemos respirar tranquilos.
 
Y EE UU no sólo decide unilateralmente quién puede y quién no puede poseer estas armas. También se reserva el derecho unilateral de utilizar sin escrúpulos sus propias armas nucleares cuando quiera y donde quiera siempre que considere amenazados sus intereses, los de sus amigos o sus aliados. ¿Quiénes exactamente van a ser estos amigos y aliados en los próximos años? Será, como siempre en política, algo parecido a un acertijo. Uno se hace buenos amigos y aliados, así que los arma hasta los dientes. Entonces un día ya no son ni amigos ni aliados, así que se les manda una bomba nuclear.
Merece la pena recordar aquí cuántas horas de profunda reflexión empleó el Gabinete de EE UU en decidir si debía atacar Afganistán con armas nucleares en los días siguientes al 11-S. Afortunadamente para todos nosotros, pero particularmente para los afganos, cuya complicidad en el 11-S fue mucho menor que la de Pakistán, decidieron arreglárselas con sólo 25.000 toneladas de las llamadas cortamargaritas convencionales, que, según todos los testimonios, producen, en cualquier caso, tanta destrucción como una bomba nuclear pequeña. Pero la próxima vez será de verdad.
Un asunto mucho menos claro es cuál es exactamente la guerra que el 88% de los norteamericanos piensa que está apoyando. ¿Una guerra que durará cuánto, por favor? ¿A qué precio en vidas de estadounidenses? ¿A qué precio para el bolsillo del contribuyente norteamericano? ¿A qué precio (porque la mayor parte de este 88% son gente profundamente decente y humanitaria) en vidas de iraquíes? Ahora ya probablemente sea un secreto de Estado, pero la Tormenta del Desierto costó a Irak al menos el doble de las vidas que perdió EE UU en toda la guerra de Vietnam.
El modo en que Bush y su junta consiguieron desviar la ira de EE UU contra Osama Bin Laden hacia Sadam Husein es uno de los grandes trucos de prestidigitación en relaciones públicas de la historia. Pero les salió bien. Una encuesta reciente dice que uno de cada dos estadounidenses cree ahora que Sadam fue responsable del ataque al World Trade Center.

Pero la opinión pública norteamericana no sólo está siendo engañada. Está siendo amenazada, acosada, reprendida y mantenida en un permanente estado de ignorancia y de miedo y, consecuentemente, de dependencia de sus líderes. Esta neurosis cuidadosamente orquestada debería, con un poco de suerte, llevar cómodamente a Bush y a sus compañeros de conspiración hasta las siguientes elecciones. Los que no están con el señor Bush están contra él. O, lo que es peor (ver su discurso del 3 de enero), están con el enemigo. Cosa rara, porque yo estoy completamente en contra de Bush, pero me encantaría ver la caída de Sadam -sólo que no según los términos de Bush y no según sus métodos-. Y tampoco bajo una bandera de tan escandalosa hipocresía. Un colonialismo de EE UU al viejo estilo está a punto de extender sus alas de hierro sobre todos nosotros. Hay ahora más americanos impasibles infiltrándose en pueblos que nada sospechan de los que había en el momento más tenso de la guerra fría. La gazmoñería religiosa con la que van a enviar a las tropas estadounidenses al frente quizá sea el aspecto más nauseabundo de esta surrealista guerra que se acerca. Bush tiene a Dios agarrado por el cuello.

Y Dios tiene opiniones políticas muy particulares.
Dios eligió a EE UU para salvar al mundo de la manera que más convenga a EE UU.
Dios eligió a Israel como nexo de la política norteamericana en Oriente Próximo. Y quien quiera poner en duda esta idea: a) es un antisemita, b) es un antiamericano, c) está con el enemigo y d) es un terrorista.

Dios también tiene conexiones aterradoras. En EE UU, donde todos los hombres son iguales a sus ojos, aunque no a los ojos de los demás, la familia Bush contiene un presidente, un ex presidente, un ex jefe de la CIA, el gobernador de Florida y el ex gobernador de Tejas. Bush senior tiene algunas buenas guerras en su haber, y una reputación bien merecida por saber mostrar la ira de EE UU a los Estados clientes que desobedecen. Una de las guerritas que montó fue contra su viejo amigo de la CIA Manuel Noriega, de Panamá, que le sirvió bien en la guerra fría, pero que luego se creció cuando ésta hubo terminado. No se ve a menudo un poder tan desnudo como éste, y los americanos lo saben.
¿Quieren más datos?
George W. Bush. 1978-84: alto ejecutivo de Arbusto-Bush Exploration, una compañía de petróleo; 1986-1990: alto ejecutivo de la compañía de petróleo Harken.
Dick Cheney. 1995-2000: presidente ejecutivo de la compañía de petróleo Halliburton.
Condolezza Rice. 1991-2000: alta ejecutiva de la compañía de petróleo Chevron, que bautizó un petrolero con su nombre.
Y la lista sigue.
Sin embargo, ninguna de estas vinculaciones insignificantes afecta a la integridad del trabajo de Dios. Aquí estamos hablando de valores honestos. Y además sabemos a qué colegio van tus hijos. En 1993, mientras el ex presidente George Bush hacía una visita de cortesía al siempre democrático reino de Kuwait para que le dieran las gracias por liberar al país, alguien intentó matarlo. La CIA cree que ese "alguien" era Sadam. De ahí que Bush junior exclamara: "Ese hombre intentó matar a mi papá". Pero esta guerra no es personal. Es necesaria. Se trata del trabajo de Dios. Se trata de llevar la libertad y la democracia al pueblo iraquí, pobre y oprimido.

Para ser aceptado como miembro del equipo de Bush parece que también hay que creer en el Bien Absoluto y en el Mal Absoluto, y Bush, con un montón de ayuda de sus amigos, de su familia y de Dios, está ahí para ayudarnos a distinguir lo uno de lo otro. Creo que quizá yo sea Malo por escribir esto, pero tendré que averiguarlo.
Lo que Bush no nos dirá es la verdad acerca de por qué vamos a la guerra. Lo que está en juego no es un eje del mal, sino petróleo, dinero y las vidas de la gente. La tragedia de Sadam es estar sentado sobre el segundo yacimiento de petróleo más grande del mundo. La de su vecino Irán es poseer las reservas de gas natural más grandes del mundo. Bush quiere ambas, y quien le ayude a conseguirlas recibirá una parte del pastel. Y quien no le ayude, no la recibirá.


Si Sadam no tuviera petróleo, podría torturar y asesinar a placer a sus ciudadanos. Otros líderes lo hacen todos los días -pensemos en Turquía, en Siria, Egipto, Pakistán, pero éstos son nuestros amigos y aliados-. Sospecho que en realidad Bagdad no representa ningún peligro cercano y real para sus vecinos, y tampoco para EE UU o Gran Bretaña. Las armas de destrucción masiva de Sadam, si es que todavía las tiene, serán menudencias comparadas con lo que Israel o EE UU podrían desplegar contra él en cinco minutos. Lo que está en juego no es una amenaza militar o terrorista inminente, sino el imperativo económico del crecimiento estadounidense. Lo que está en juego es la necesidad de EE UU de demostrar su enorme poder militar a Europa y a Rusia y a China y a la pobrecita loca de Corea del Norte, así como a Oriente Próximo; mostrar quién manda dentro de EE UU y quién debe someterse a EE UU en el exterior.

La interpretación más comprensiva del papel de Tony Blair en todo esto es que él creía que si montaba el tigre sería capaz de dirigirlo. Pero no puede. En vez de eso, lo que hizo fue otorgarle una falsa legitimidad, y una voz suave. Me temo que ahora ese mismo tigre le ha acorralado en una esquina de la que no puede escapar. Irónicamente, tal vez el propio George W. sienta algo muy parecido.
En la Gran Bretaña del Partido Único, Blair fue elegido líder supremo con una participación bajísima, de alrededor de un cuarto del electorado. En caso de darse la misma apatía pública y los lamentables resultados de los partidos de la oposición en las próximas elecciones, Blair o sus sucesores lograrán un poder absoluto similar con una proporción incluso más pequeña de los votos. Resulta absolutamente risible que, en un momento en el que sus propias palabras han puesto a Blair contra las cuerdas, ninguno de los líderes de la oposición británicos sean capaces de toserle. Pero ésa es la tragedia británica, la misma que la de EE UU: mientras nuestros Gobiernos manipulan, mienten y pierden su credibilidad, y las supuestas alternativas parlamentarias se limitan a hacer maniobras para no quedarse fuera de la foto, el electorado simplemente se encoge de hombros y mira hacia otro lado. Los políticos nunca se creen lo poco que consiguen engañarnos.
Así que el tema en Gran Bretaña no es qué partido político formará Gobierno después del desastre que se avecina, sino quién estará al volante. Lo mejor que podría pasarle a Blair para sobrevivir personalmente sería que, en la penúltima hora, la protesta mundial y unas Naciones Unidas improbablemente envalentonadas fuercen a Bush a volver a meterse la pistola en la funda sin haber disparado. ¿Pero qué pasa si el mayor vaquero del mundo cabalga de vuelta a casa sin la cabeza del tirano?
Lo peor que puede pasarle a Blair es que, con o sin Naciones Unidas, nos arrastre a una guerra que, de haber existido alguna vez la voluntad de negociar con energía, podría haberse evitado; una guerra sobre la que ha habido tan poco debate democrático en Gran Bretaña como en EE UU. Al hacer esto, Blair habrá provocado una respuesta imprevisible, un gran desasosiego doméstico, y el caos en la región de Oriente Próximo. Habrá provocado un retroceso en nuestras relaciones con Oriente Próximo que durará varias décadas. Bienvenidos al Partido de la Ética en Política Exterior. Existe un camino intermedio, pero es duro de seguir: Bush se lanza sin el apoyo de la ONU y Blair se queda en la orilla. Adiós a la Relación Especial.
El tufo a santurronería religiosa que hay en el aire en EE UU recuerda a los peores momentos del Imperio Británico. El manto de lord Curzon no queda bien sobre los hombros de los columnistas conservadores de moda en Washington. Aún se me ponen los pelos más de punta cuando escucho a mi primer ministro prestar sus obsequiosos sofismas de delegado de la clase a esta aventura claramente colonialista. Estamos en esta guerra, en caso de que suceda, para asegurar la hoja de parra de nuestra relación especial con EE UU, para hacernos con nuestro trozo del pastel del petróleo y porque, después de todos los apretones de mano públicos en Washington y en Camp David, Blair tiene que dar la cara en el altar.
-¿Pero vamos a ganar, papá?
-Por supuesto que sí, hijo. Y todo habrá terminado mientras todavía estés en la cama.
-¿Por qué?
-Porque si no, los votantes del señor Bush se van a poner muy impacientes, y podrían decidir no volver a votarle después de todo.
-¿Y van a matar a gente, papá?
-A nadie que tú conozcas, cariño. Sólo gente extranjera.
-¿Puedo verlo por la tele?
-Sólo si el señor Bush te da permiso.
-Y cuando todo termine, ¿volverán las cosas a ser como antes? ¿Nadie volverá a hacer cosas horribles nunca más?
-Chsss, niño, a dormir.
El pasado viernes, un amigo mío estadounidense fue a un supermercado en California con una pegatina en el coche que decía: "La paz también es patriótica". Cuando terminó de hacer la compra, la pegatina había desaparecido.

John Le Carré es escritor británico. Traducción de Eva Cruz. Este artículo es una versión ampliada de la aportación del autor al debate global de openDemocracy sobre la crisis de Irak, publicada en www.openDemocracy.net © David Cornwell, 2003
Manuel Moreno Alonso, profesor de Historia: «Sevilla sigue siendo la ciudad más fanática de España, como en tiempos de Blanco White»

La gestación sevillana del liberalismo y la lucha de Blanco White por hacerlo realidad en torno suyo han gravitado siempre sobre la obra del profesor sevillano Manuel Moreno Alonso.

 
Manuel Moreno Alonso en las inmediaciones de su casa sevillana, un hogar habitualmente atestado de libros. RAÚL DOBLADO
Manuel Moreno Alonso en las inmediaciones de su casa sevillana, un hogar habitualmente atestado de libros. RAÚL DOBLADO
De raíces fuertemente sevillanas -su padre era amigo personal de Domínguez Ortiz-, Manuel Moreno Alonso es «rara avis» en la fauna humana de una ciudad que, en su documentada opinión, alumbró el liberalismo, aunque éste saliera a la luz en Cádiz. Imparte Historia Contemporánea en la Universidad, y se echó a la arena de las publicaciones en 1989, editando en Alianza «La Generación española de 1808». Desde entonces ha escrito una monumental obra sobre Blanco White, «La obsesión de España». y ha preparado la edición de las obras del heterodoxo sevillano. Precisamente acaba de sacar «Divina libertad. La aventura liberal de don José María Blanco White, 1808-1824». Cuenta además con la perspectiva de haber estado siete años en Inglaterra.
-Ante esta avalancha de indagaciones en el trabajoso parto de las libertades, hay que preguntarle si es Sevilla una ciudad liberal.
-Blanco decía que Sevilla era la ciudad más fanática de España. Y lo decía a principios del siglo XIX, con el imperialismo napoleónico. Y lo sigue siendo en la actualidad. Sevilla es una ciudad fanática. A pesar de que aquí se inventa el liberalismo, que después surge en Cádiz. En circunstancias extraordinarias, de 1808 a 1810, con la junta central, aquí se toman las decisiones de la junta patriótica, y una de las decisiones principales es cambiar el régimen antiguo. Aquí surge, pues, el liberalismo, en una ciudad muy reaccionaria, muy fanática.
El liberalismo como pecado
-¿Cómo es posible esa flagrante incoherencia y que propagandísticamente -hoy diríamos mediáticamente- Sevilla se deje arrebatar el protagonismo liberal por Cádiz?
-Porque como tuvo corta vida el liberalismo, luego era un poco como pecado. Muchos años después se escribió un libro, afortunadamente no por un sevillano, que se llamaba «El liberalismo es pecado». Como tuvo tan corta vida el liberalismo, no interesaba hablar de las glorias liberales de Sevilla. Se estaba en territorio de infieles. Los sevillanos, un poco cínicamente, le dejaron el protagonismo a los gaditanos. Pasó mucho tiempo y el asunto se olvidó, porque en Sevilla la memoria histórica de las cosas que no gustan es corta. Y luego ocurre que Sevilla es una ciudad muy acostumbrada a situaciones acomodaticias. Cuando la tortilla cambia la gente se acomoda perfectamente a esos cambios. El liberalismo en aquellos momentos está fuera de la Ley. Cuando Fernando VII entra en Sevilla (viene de Cádiz), después de la restauración del Antiguo Régimen, la gente le quita los caballos a la carroza y tiran de manera servil para servir al Monarca absoluto. Esto se repite continuamente. Por ejemplo, en otro momento la Plaza del Duque, que se llama así por Espartero, y no hay que olvidar que Espartero bombardeó Sevilla. Si ha habido alguien que ha destruido la ciudad y ha adoptado posturas contrarias a ella, fue Espartero, entre otras razones porque Espartero era liberal. Para vergüenza de los sevillanos, una de las plazas más emblemáticas de Sevilla se llama del Duque de la Victoria.
-Son las contradicciones hirientes que persiguen a la conciencia de la ciudad, aunque esta conciencia intente eludirlas y huir de ellas. ¿Eso quiere decir que a Sevilla el liberalismo lo trae gente de fuera y que entró aquí contracorriente?
-Lo que pasa es que hablamos de circunstancias excepcionales, que son las crisis, en las que se produce un cambio brusco e importante, quizás por razones geográficas y de azar. El liberalismo le tocó a Sevilla sin querelo Sevilla. No obstante, hay sevillanos que aportan cosas muy importantes. De ahí mi obsesión por Blanco, que ha sido considerado solamente como poeta, y de segunda fila, al que nunca se ha dado relieve. Yo creo que desde el Siglo de Oro es un personaje sevillano con una trayectoria intelectual incomparable. Blanco en el Semanario Patriótico, en sus vinculaciones de los personajes que se mueven en torno a la Junta, es el inventor e iniciador del liberalismo.
-¿Qué me dice del fanatismo en las filas liberales?
-Los fanatismo se tocan. Además, es un fanatismo interesado. Muchos voluntarios realistas, que eran los que cometían todo tipo de tropelías con los que no pensaban como ellos, producto de una sociedad intolerante, muchos de ellos se cambiaron de chaqueta y se pasaron a milicianos nacionales. De ahí esa situación que se produce siempre en Sevilla de mordaza, de miedo al otro, de reservas. La sociedad sevillana tiene poco de abierta, es muy cerrada porque no se fía uno del otro.
-Decía que otro rasgo que caracteriza a Sevilla es ser acomodaticia. ¿Hasta el día de hoy?
-Absolutamente. Hasta el día de hoy y desde el principio. El título de Sevilla de ciudad invicta... Sevilla ha sido siempre vencida, y además sin derramamiento de sangre, prácticamente. Y esto desde los romanos, quizás con algunas excepciones (parece que el sitio de Sevilla en la época de Fernando III fue un poco más serio, quizá porque ahí se luchaba contra moros. La ciudad siempre se ha acomodado perfectamente, y gracias a esa acomodación existe Sevilla. Gracias a que se hizo colaboracionista de los franceses, Sevilla está aquí. Con el ejército francés dispuesto a bombardear Sevilla, como había ocurrido con los sitios de Gerona y de Zaragoza, era la ciudad mejor pertrechada de España, porque era la capital política de España y estaba amurallada, los cañones defendían la ciudad. Cómo sería si así y todo cuando Sevilla cae en manos de los franceses el 1 de febrero de 1810 sin pegar un tiro. La gente dejó las armas y huyó. Napoleón dijo «Hemos conseguido un formidable botín y pertrechos militares con la caída de Sevilla». Eso está en sus despachos. Gracias a esa actitud de colaboracionismo, acomodaticia, la ciudad se salvó. Eso es una dimensión que hay que valorar positivamente, y que por la permanencia de una Historia patriótica nunca se vio, se ocultó. No interesaba, pero podemos decir que gracias a eso la ciudad existe como existe Viena u otras ciudades que no fueron destruidas por los asaltantes.
Pocos exiliados sevillanos
-¿Se puede decir que esa ausencia de violencia se sustituyó por una larga tradición de destierro?
-No especialmente de destierros forzados de sevillanos. Algunos eran obvios, como los afrancesados, Lista. Pero es excepcional. El de Blanco es distinto: se exilió antes de los propios sevillanos, que eso es todavía peor. Pero sobre el exilio hay muchas visiones idílicas. Mucha gente ha ido rentabilizando su situación de exiliado, según los momentos políticos. Habría que ver la sinceridad de muchos exiliados.
-Yo pensaba más en casos comunes como el de la conquista cristiana de la ciudad, que se vacía de población musulmana.
-Eso es diferente. Es un exilio mayoritario, obligado por las circunstancias históricas. Tendríamos que plantearlo no como los exilios posteriores de españoles, sobre todo en la época contemporánea, siglos XIX y XX, a los que hemos asistido. Y muchos moriscos se quedaron en otros lugares de Andalucía.
-En cualquier caso, y para zanjar la cuestión, el exilio se produce porque no hay una resistencia numantina.
-Nunca ha habido aquí resistencia numantina. Pero el exilio sólo se produce en determinados momentos. No es frecuente. De los veintitantos exilios que contaba Marañón en su famoso trabajo sobre esto, vemos a pocos sevillanos exiliados. Lo que pasa es que hay algunos muy señeros. Pero todavía en el contexto de la Historia del siglo XIX, de los liberales exiliados, hay pocos sevillanos.
-Usted hablaba de la Historia que nos ha llegado, que en este caso es la escrita por los realistas, en cualquier caso por los vencedores. Ayer mismo, alguien citaba a Domínguez Ortiz como el primer historiador que se atreve a sacar las sombras de la Historia de esta ciudad al mismo tiempo que las luces. ¿Cree que no conocemos todavía esa Historia sombría de Sevilla, que está por hacer y que se puede hacer?
-Creo que sí. Sevilla tiene importantes archivos para ver esto que todavía no están vistos. Pero hay grandes lagunas también en esos grandes archivos, donde nunca podremos estudiar la Historia ocurrida y la Historia contada. Porque esos papeles se quitaron. Por ejemplo, los papeles comprometedores de la gente que colaboró con los franceses. En el momento que cambió la Administración lo primero que hizo el Ayuntamiento fue precisamente no vender los papeles, como se podría pensar, sino para quitar de enmedio los papeles comprometedores. Aquello desapareció, de tal manera que se ven los papeles del Archivo de Sevilla sobre la Sección francesa, y todo es burocrático, sin trascendencia ninguna. Pero encima, tenemos la constancia de que con el pretexto de ordenar los papeles los hicieron desaparecer. Esto ha ocurrido recientemente con los papeles de la Falange. En cualquier pueblo o ciudad andaluza hay una carencia total de esos años de Historia. Han desaparecido. ¿Dónde estaban los ficheros de la gente que perteneció a Falange y que a lo mejor perteneció también a organismos sindicales, etcétera? ¿Dónde están estos papeles?
Limpieza de archivos
-Eso es extraordinariamente grave. ¿Quién, cómo y cuándo se ha hecho esa limpieza sistemática?
-La originalidad de esa destrucción es que es muy sevillana; no es nada sistemática, sino que cada uno por su cuenta, sin obedecer a consignas, lo ha hecho desaparecer. Yo no investigo esta época, pero me consta por mis colegas y mis alumnos que cuando van a un pueblo a buscar estos papeles no existen. Yo no me sorprendo, porque está clarísimo que eso mismo sucedió en momentos anteriores. Por ejemplo, cuando ha habido conspiraciones, que ha habido muchas en Sevilla a lo largo del siglo XIX. Es imposible encontrar un papel. Algunos sevillanos, cuando he hablado con ellos para hacer algo de Historia viva, que fueron conspiradores en momentos que todos tenemos en mente, papeles ninguno, y «por favor, corred la cortina, que no se nos vea». Por esa costumbre ancestral de los ajustes de cuentas posteriores. En 1812, cuando entra el nuevo Ayuntamiento, sus miembros liberales eran los mismos que habían servido antes a Napoleón. Goyeneta, que tiene una calle en Sevilla, es el que manda destruir aquellos papeles. Por eso no se podía hacer un estudio de Sevilla con las fuentes sevillanas. Todos los trabajos que se han hecho sobre fuentes sevillanas abundan siempre en el mismo tópico, son trabajos muy provincianos. Había que reconstruir esa Historia con otros materiales, desde otro sitio donde se contara la Historia de lo que sucedió aquí, donde no había papeles que lo contaran.

"El hombre blanco enloquece con la tierra"

Davi Kopenawa, voz de los indígenas yanomamis, lucha para que en Brasil no ocurra lo que en Perú. Su comunidad vive amenazada



Terraza del restaurante de Casa de América, Madrid, a principios de junio. Davi Kopenawa saca una bolsa de plástico y extrae una especie de pelota negra que coloca bajo su labio superior. Es la hora de mascar tabaco. "No queremos dar nuestra tierra a los blancos porque los blancos ya tienen mucha tierra", dice. "Nosotros somos los que la protegemos, las personas de la ciudad talan árboles. El hombre blanco ama el dinero, el avión, el coche. Nosotros pensamos diferente". Kopenawa se recuesta en la silla. Lleva pintura roja en la cara, corona de plumas, collar. Viste camisa, vaqueros y zapatillas deportivas. Calcula que nació en torno a 1956.
Davi Kopenawa está luchando para que en Brasil no haya revueltas como las que han sacudido Perú. Hace dos semanas visitó Madrid poco antes de que llegaran las primeras noticias de los levantamientos en Bagua, que produjeron la muerte de 24 policías y entre nueve y cien indígenas, según las distintas fuentes. Se encuentra de gira por Europa defendiendo la causa de su pueblo, los yanomamis. Tras el estallido del conflicto en Perú, utiliza el correo electrónico para opinar sobre este hecho: "Lo que están haciendo con los indios allí es un crimen. Nosotros sufrimos el mismo problema con blancos que vienen a por nuestros recursos naturales".
"No queremos dar nuestra tierra a los blancos. Nosotros la protegemos, ellos talan árboles"

El proyecto de ley 1610/96 sobre minería en tierras indígenas, aún en fase de discusión en el Congreso brasileño, puede abrir la puerta a la minería a gran escala en territorio yanomami. Puede suponer que las carreteras surquen las tierras de sus ancestros. "En Perú, el Gobierno mandó al ejército matar a los indios. En Brasil son los invasores los que matan a los indios, pero también tienen la culpa las autoridades, por dejarles entrar". Se refiere a los garimpeiros. Los buscadores de oro. Dice que hay en torno a 3.000 operando ilegalmente en el llamado Parque Yanomami, en la Amazonia.
Desde hace más de 25 años, Kopenawa es la voz de los yanomamis, su embajador. Durante el encuentro de Madrid había insistido en que no es un líder, sino un yanomami más. Ejerce como chamán, o sea, como guía espiritual-médico-psicólogo en su comunidad, Watoriki [la montaña del viento], compuesta por unas 150 personas. "Para el hombre blanco es difícil ser feliz", sostiene, "tiene una raíz muy grande en la ciudad, no puede cambiar. Está enloquecido con la tierra, siempre quiere sacar más y más para que la ciudad crezca; sólo piensa en el suelo: petróleo, oro, minerales, carreteras, coches, trenes".
Los yanomamis luchan desde hace años por preservar su modo de vida. Cazan con arco y flecha, pescan con una liana que atonta a los peces, cultivan en la selva. Son nómadas: cada dos o tres años, cuando la tierra se agota, se trasladan. En 1991 consiguieron que el presidente Fernando Collor de Mello creara el Parque Yanomami, una superficie dos veces el tamaño de Suiza (9,6 millones de hectáreas) para que esta comunidad de 16.000 habitantes pudiera vivir en paz. Se les concedió el derecho a utilizar la zona. Pero los derechos sobre los minerales pertenecen al Estado. Los garimpeiros que trabajan ilegalmente en sus territorios contaminan con mercurio los ríos y les transmiten enfermedades mortales.
Kopenawa caza tapires y jabalíes con arco y flecha. Está casado, tiene seis hijos y dos nietos. Vive tres meses en la selva y tres en Boa Vista
[una de las aglomeraciones urbanas del norte de Brasil]. Cuando está en la ciudad, habita las oficinas de Hutukara, la ONG que fundó en 2004 para defender los derechos de su pueblo. No le gusta demasiado salir de casa. "Nunca salgo de noche, hay malas personas en la calle", explica. Si sale de día, sólo va a lugares a los que pueda llegar a pie. La cosa cambia cuando está en su aldea: "Allí el cielo siempre es limpio, bello, lleno de estrellas. Lo que más me gusta es mirar la selva".
La primera vez que vio a un blanco tenía cinco años. "Sentí miedo, pensaba que era malo porque llevaba el pelo largo, era barbudo y usaba zapatos, ¡como yo ahora!", recuerda, y se ríe. Habla en un portugués que suena nasal y profundo.
No conoció a su padre. Su madre murió de sarampión cuando él tenía diez años. A los doce contrajo la tuberculosis y se convirtió en el primer yanomami que pisaba Manaos, capital amazónica; pasó un año en un hospital. Fue allí donde aprendió a hablar portugués.
Dos años más tarde, unos funcionarios de la Funai -Fundación Nacional del Indio- le escogieron para que hiciera de intérprete en visitas a las comunidades indígenas. El día en que vio a un coordinador de Funai expulsando a un blanco de la selva por cazar felinos en territorio yanomami, vio la luz: expulsar a los invasores era posible. La llegada de miles de buscadores de oro a mediados de los ochenta fue lo que le decidió a lanzar su lucha por la tierra: un 20% de los yanomamis desapareció en aquellos años ochenta como consecuencia de enfermedades que llevó el hombre blanco. Así arrancó su trayectoria, que le ha llevado a representar a los pueblos indígenas de la Amazonia ante la ONU y a codearse con líderes como Al Gore, el príncipe Carlos, o estrellas de la música como Sting. "Los famosos no resuelven nada", dice con tono firme y decidido, "escuchan, apoyan, pero se consigue más en la ONU".
Kopenawa saca de su bolso a rayas un estuche negro, lo abre. Mira fijamente la medalla plateada que hay en su interior: es la mención honorífica del Premio Bartolomé de las Casas que le ha concedido la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional y Casa de América, el motivo que le ha traído por primera vez a Madrid. No puede apartar la mirada del metal.
-¿Por qué mira tanto la medalla?
-Recibirla es importante porque hace que la gente conozca mi lucha. Pero Omame [el creador] no permite que se extraigan metales de la tierra. La tierra es un lugar sagrado y protegido.
Minerales. El proyecto de ley del Gobierno brasileño puede abrir la puerta a la explotación minera. "La minería va a llevar a nuestras tierras a gente que mata a indios, que lleva bebidas alcohólicas y enfermedades de la ciudad. Va a traer carreteras, contaminación".
Kopenawa es consciente de que hoy en día su pueblo necesita del teléfono y de Internet para la lucha. Pero tampoco quiere que todos los jóvenes yanomamis aprendan a manejarlos. "Basta con que aprendan unos pocos, veinte o treinta personas. Tenemos que ir poco a poco. Si no, muchos querrán quedarse en la ciudad y no volver".
Defiende que la tierra no tiene precio, ni se compra ni se vende. "El hombre blanco nunca está tranquilo", analiza, "siempre está preocupado buscando dinero para pagar la casa".
-¿Y el hombre yanomami?
-El hombre yanomami piensa en estar tranquilo, sin preocupación, y en no pasar hambre.

El hambre cotiza en Bolsa

La sequía en los mercados financieros ha volcado a ciertos inversores en las materias primas. Fondos de alto riesgo y bancos influyen ahora en lo que vale el pan en Túnez, la harina en Kenia o el maíz en México. El Banco Mundial hace sonar la alarma por la explosión de los precios alimentarios




Durante un tiempo la noticia de las noticias fue las penurias y la hambruna que estaban padeciendo muchas miles de personas en Somalia y otras zonas de África, que bajo mi humilde opinión, nunca han dejado de pasar esas penurias y hambrunas. Pero parece ser que este tipo de noticias, al igual que la economía, son cíclicas. O también puede ser que haya momentos en que vendan más periódicos y por tanto interesa sacarlas de nuevo a la luz pública.

El domingo 4 de septiembre en El País se publicó un magnífico artículo, titulado como el que ahora mismo están leyendo, “El hambre cotiza en Bolsa” y cuyos autores son, H. Knaup, M. Schiessl y A. Seith. Recomiendo su atenta lectura para darnos cuenta hasta que punto esta sociedad dominada por el capitalismo y el consumismo, puede llegar a que otras personas padezcan e incluso mueran por algo tan horrible como por el hambre.

En dicho artículo nos informan de que la voracidad de los inversores por ganar y ganar más dinero, puedan influir en los precios de los alimentos básicos que componen la base alimentaria de estas pobres gentes de Somalia o Kenia.

Todo se decide en la Bolsa de Chicago, que es la mayor sala de negociación de materias primas del mundo y como se dice en el artículo, “el hambre del planeta se organiza aquí, además de la riqueza de unos pocos”. “El pan del mundo atrae a inversores a los que les interesan tan poco los cereales como, anteriormente, las empresas punto.com o las hipotecas subprime”, comentan acertadamente.

La gran mayoría de países desarrollados y emergentes, tachaban de inaceptable el modelo de sociedad totalitaria que se impuso en la antigua URSS, ya que en este caso era el mismo gobierno el que lo controlaba todo, a parte de que este sistema no daba pie a pensar por uno mismo ya que el mismo gobierno pensaba por todos.

Se implanta como mejor sistema económico, el modelo capitalista, donde todo pasa por el mismo mercado y es él, el que regula. Prácticamente todo se basa en la oferta y la demanda y a partir de ahí, empieza el juego de hacer dinero. Los efectos colaterales de este sistema pueden ser, las grandes diferencias sociales que provocan y por desgracia en esta crisis, se han hecho más evidentes. Así como, que una decisión de un especulador en Chicago, haga que muchas personas puedan morir de hambre en otra parte del mundo.

Volviendo al artículo que les he comentado como lectura recomendada, aporta datos sobre el Índice de precios de los alimentos de la F.A.O., donde el coste de los productos alimenticios experimentó un alza del 39% en el curso de un año. Que los precios de los cereales subieron un 71%, así como los aceites y grasas destinados a la alimentación. Estas subidas, en una sociedad como la americana o en la Unión Europea, puede significar un poco más de dinero para nuestros bolsillos, pero para las sociedades pobres, estos incrementos pueden significar más muertes.

El mismo artículo, reseña un informe de la ONU elaborado por Oliver de Shutter, sobre el derecho a la alimentación, que señala como culpables a grandes inversores que, “dada la sequía en los mercados financieros, se han pasado en masa al comercio de materias primas, distorsionando los precios más allá de toda proporción. Los excesos especuladores son la causa primordial del encarecimiento de estos alimentos”.

Como conclusión y para alentar un correcto funcionamiento de este mercado de las materias primas, proponen una rápida actuación política a nivel mundial, así como una total transparencia en dicho mercado y reglas más estrictas para sus participantes.

                                  
TELEBASURA / ¿TENEMOS LO QUE NOS MERECEMOS?
Autopsia a la caja «sucia»
LA TELEVISION más vulgar y hedionda regresa con fuerza esta temporada. El hermano que no quisiéramos tener y la peor granja ibérica ya funcionan. El sociólogo reflexiona, quizás inútilmente
LORENZO DIAZ

Tengamos las ideas claras. La cuenta de resultados de las empresas televisivas: producto barato junto a una audiencia cotilla y de precario nivel cultural hacen posible que la mierda invada nuestra televisión. Y lo que es más alarmante, no hemos hecho nada más que empezar: estamos en la prehistoria Pronto llegarán las humillaciones en directo, zoofilias, autopsias, suicidios.Los canales piden más madera. ¿Es que no me creen?


La presencia de espacios que basan su contenido en informar de la vida privada de famosos aumenta exponencialmente temporada tras temporada: el mercado televisivo español no deja de absorber nuevos productos de este tipo: en 1993 sólo existía el espacio rosa Corazón, corazón y 10 años después, el número de programas especializados asciende a más de 20 y casi todos ellos gozan de una excelente salud.

Si cogemos al azar un día de esta semana, el género rosa basuril coloca entre los 10 programas más vistos (martes, 7) con altísimos shares cuatro formatos: Aquí hay tomate (26,8), Gran Hermano (27,1), Gente (28,1), La hora de la verdad (30,4). Dos programas estrellas del género: Dónde estás corazón y Salsa rosa, tienen audiencias superiores a nuestros telediarios, con cuotas de pantalla superiores al 27%. Y ahora llega La Granja con más de tres millones y un 27% de share. La televisión se ha vengado de los intelectuales que la han despreciado y se ha entregado en brazos de la llamada ordinary people española: una de las más incultas del mundo occidental desarrollado.

Lejos de la órbita de los profesionales, lo que le daría un tono artístico, la televisión cada día se parece más a la ruidosa clase media española: chillona, prepotente y proclive a entregarse a los bajos instintos. Por ello no sorprende que haya ido colocando en el escaparate de sus preferencias los programas que ella considera estrellas en su versión dura y light. Dos ilustres damas del panorama mediático español envuelven en celofán sus magazines que también cantan y son culpables, en parte, del panorama que se observa desde el puente.

SIN MITOS NI ESTRELLAS

Sorprende que una sociedad situada en tan buena posición en el hit parade de la riqueza, exhiba una fauna tan zarrapastrosa en su famoseo zarzuelero. Nuestros iconos mediáticos son peores que los del tardofranquismo cuando Los Codeso y Pajares perseguían suecas en Torremolinos. Son el lumpen de una sociedad que viste a la clase media del mundo a través de las tiendas de Zara.

Hay que dejar de demonizar sólo a los productores. Hay que poner el ojo también en nuestra audiencia y ver lo homogénea que es televisivamente hablando. Salsa rosa o Tómbola lo mismo gusta a una venerable dama del barrio de Salamanca que a una maruja de Minglanilla (Cuenca). La gente dice que ve La 2 y los documentales de la National Geography y luego pierden el culo con Matamoros y la Marchante.

A nuestra burguesía siempre le ha gustado más Lina Morgan que Margarita Xirgu. Corín Tellado que Lope de Vega. El tinto de verano que el Vega Sicilia. Sólo un target muy reducido tiene acceso a la alta costura. Y así hemos llegado a un punto en el que un importante segmento de la población no tiene un producto televisivo que consumir. Es un público que no tiene mensaje televisivo y que no le queda más remedio que pasar por la caja de Polanco.

La sociedad española en su casi totalidad recibe alborozadamente el producto televisivo que se elabora. Ha percibido que la televisión ha sustituido la realidad, creando otra nueva. Ha creado mundos visuales donde trivializa objetos negativos: figuras del mal, violencia, horror, catástrofes. La nueva religión de la sociedad posmoderna es la televisión de la intimidad, la modalidad catódica de la confesión católica.

¿Está el personal harto de la telebasura? Los datos son concluyentes: más del 50% de los españoles cree que la televisión es «vulgar y de mal gusto» (CIS, 2004). La califican de poco objetiva. Más objetiva ven la radio (casi un 60% de los encuestados le dan la máxima calificación). No obstante, el 90% de la población consume televisión, frente al 60% de oyentes mayores de 18 años que tiene la radio.

Dice Forges que para que haya un Gran Hermano hacen falta millones de primos. Los comemierdas no son cuatro gatos, sino más de 15 millones de telespectadores diarios. Los programas basura como Crónicas marcianas están magistralmente hechos. La jauría de invitados se desloma por merecer los cinco minutos de fama, se degüellan, se insultan y se exhiben con una falta de pudor que casi enternece.

Los killers de la telebasura, Matamoros, la Marchante o Mariñas, los que juegan la Champions, son unos actores excelentes que interpretan magistralmente sus papeles. Raúl del Pozo ve en la telebasura una fiebre amarilla que ataca un público despolitizado, aburrido, desencantado, que sólo se emociona con chismes.

Cuando algún listillo reivindica más teleficción hay que recordarle que un empresario prefiere gastarse 30 millones de las antiguas pesetas en un Salsa rosa que 90 en Los Serrano. El paisaje después de la batallas es desolador para los llamados cejas altas que citan a Umberto Eco, a Juan Cueto, pero el resto de la sociedad se la refanfinfla y disfruta con Dinio, que recibe excursiones de cientos de marujas en sus bares de Puerto Banús. Edificante perla hedionda la que le escuché en Crónicas marcianas (6 de noviembre del 2001). Le pregunta Sardá: «¿Tú se la metías a Marujita Díaz?». Y el cubanito contestó: «Nunca, pero ella me la chupaba.Y yo pensaba en Sonia Moldes».

De canguro catódico a acompañante del abuelo: La televisión ha ido usurpando el papel de otros grupos en el llamado proceso de socialización del individuo. Es el canguro catódico, el pariente que nunca falla, el que acompaña al anciano en su soledad. Ocupa el terreno dejado por otras instituciones sociales (familia, escuela, Estado) y lo hace extendiendo y trivializando el campo del saber, sustituyendo un saber humanista por una especie de saber hacer, saber práctico; en suma, un saber mosaico muy representativo de la cultura de masas y de su imaginario de la evasión que puede paliar, sin embargo, ciertas carencias sociales, contribuir a reforzar el vínculo social y, en todo caso, servir de intermediario entre el ciudadano y el entorno social. Se consolida así una televisión mediadora. La televisión se impone como una gran casa de citas en la que todos cabemos y donde exhiben su levedad los seres menos relevantes, monstruos mediáticos de todo a cien, personajes kleenex, los que con el mínimo esfuerzo se han hecho con la caja y la popularidad.

Las televisiones crean sus propias factorías de monstruos, de frankenstein de corto recorrido que deambulan por las pasarelas televisivas para el regocijo del circo. La televisión no es la verdad. La televisión es un maldito parque de atracciones, un carnaval, una troupe de acróbatas, narradores de cuentos, bailarinas, cantantes, malabaristas. Es una fábrica para matar el aburrimiento.Si quieren saber la verdad, diríjanse a Dios, diríjanse a su gurú, a ustedes mismos, porque es la única manera de hallar la auténtica verdad. Ustedes no van a enterarse de la verdad por nosotros. Les diremos cuanto quieran oír.

¿Cómo poner freno a este desenfreno? ¿Creando un comité audiovisual como en otros países para controlar contenidos? Aunque el patio está para pocas ilusiones cuando uno ve, como dice Arturo Pérez Reverte, «a esas marujas en éxtasis, admirando aleladas a una vulgar pedorra, son un símbolo perfecto de lo que tenemos y de lo que merecemos tener. Por casposos, por imbéciles».

Se ha inaugurado una nueva etapa en los medios: la llamada globalización emocional que aparca el periodismo con ideas. El modelo audiovisual dominante ha dejado fuera del banquete mediático la reflexión.La causa de la mayoría de nuestros problemas sociales y políticos es la ignorancia creciente de la gente, causada en su mayor parte por la televisión Ver televisión en vez de leer, no permite a la gente detenerse o reflexionar, tener en cuenta los problemas y rechazar o combatirlos. Como las ocas o los avestruces que esconden la cabeza bajo tierra, los espectadores tragan y tragan televisión y jamás tienen tiempo para digerir lo que ven.


Lorenzo Díaz es sociólogo y escritor. Autor de La televisión en España. Y La década abominable. Prepara un libro sobre la telebasura, que aparecerá en La Esfera de los Libros en este otoño.

Contra la cultura del dinero

No deja de hablarse del déficit, de la deuda, de las altas operaciones financieras, pero se evita hacerlo del sufrimiento de los que no tienen nada, de la pobreza creciente de jóvenes y ancianos, del envilecimiento del mundo

 
MARCOS GUARDIOLA
“Dios mío, ¡qué saltos me haces dar!”, eso dijo la rana a su Creador. Según Chesterton, la pobre estaba tan maravillada con esa facultad de su cuerpo que no podía dejar de celebrar cada brinco que daba. Para el escritor inglés el que en los cuentos maravillosos haya manzanas de oro, ríos de miel, pájaros que hablan y árboles que cantan, solo es expresión del asombro que experimentan los niños al contemplar el mundo por primera vez. Su asombro ante la manzana que cuelga pletórica y olorosa de una rama, ante el arroyo que corre tembloroso a sus pies o ante el pájaro que inesperadamente se posa a su lado como si viniera a decirle algo. Ese mundo de oro y joyas preciosas, de príncipes y princesas, de objetos mágicos y bodas perfectas tiene que ver con el deseo de transfiguración que anida en el corazón humano. Navigare necesse est vivere non necess, solía decir de Isak Dinesen. No basta con vivir, queremos que nuestra vida tenga sentido, se transforme en algo valioso, en una historia que merezca la pena contar a los demás.
Lo maravilloso nos hace hablar. Tiene que ver con el principio erótico. Nos dice que no estamos solos, que la vida es una corriente inmensa que compartimos no solo con los otros individuos de nuestra especie, sino con los animales y los bosques, con las dunas de los desiertos y los cielos salpicados de estrellas. Nuestro mundo ha dado la espalda a lo maravilloso y solo el dinero parece tener en él poder para dar valor a las cosas. Estos días el Gobierno ha anunciado una amnistía a los defraudadores. Por ella, no solo se les va a permitir sacar a la luz el dinero que ocultan, sino que se les premiará permitiendo que paguen por él un porcentaje muy inferior al que les corresponde. Es una medida excepcional, nos dicen, ya que el Estado necesita dinero. No importa saber de dónde viene el dinero, ni por qué lo han tenido escondido, todos se comportan como si este tuviera el poder de bendecir a los que lo tienen liberándoles de la culpa y la responsabilidad. Y no son solo algunos políticos y tecnócratas los que piensan así. La sociedad entera vive entregada al gran dios del dinero. Pueblos perdidos compiten entre ellos porque se ponga en sus verdes prados cementerios nucleares, los hortelanos venden sus tierras para construir bloques de viviendas que arruinarán la belleza de la costa, o comunidades como Madrid y Cataluña compiten por acoger en su territorio un emporio de casinos, privilegios fiscales, prostitución y profunda vulgaridad, y todo ello para conseguir que el dinero fluya a sus cuentas bancarias. No deja de hablarse del déficit, de la deuda, de las altas operaciones financieras, pero se evita hacerlo del sufrimiento de los que no tienen nada, de la pobreza creciente de jóvenes y ancianos, del envilecimiento del mundo. Tampoco se habla de la pérdida de esa capacidad de los hombres antiguos de transformar en relatos los mínimos acontecimientos de sus vidas. Es la maldición del dinero, que petrifica cuanto toca, como bien se explica en la historia del rey Midas. El relato abre el mundo, el dinero lo cosifica. Y lo maravilloso es vivir en un mundo sin cosas.
Los viejos relatos no nos alejan del mundo, lo vuelven habitable y común, lo llenan de sentido
Cuando en El festín de Babette las señoras descubren que esta se ha gastado todo el dinero que ha ganado en la lotería en prepararles aquella cena inolvidable y la preguntan qué va a hacer ahora que vuelve a ser pobre, Babette les contesta orgullosa: “Una artista nunca es pobre”. Y es cierto: tiene el poder que le concede su imaginación. Deberían ponerse en los colegios e institutos las películas de John Ford, deberían verlas sobre todo nuestros políticos de derechas y nuestros banqueros. Es raro que en una película del director americano no haya un baile. La cultura del dinero, por boca de Margaret Thatcher, afirma que solo hay individuos y que la sociedad no existe. Pero en los bailes de John Ford late siempre la idea de una comunidad, y de que aquello que le pasa a uno solo de sus miembros afecta a todos los que forman parte de ella. John Ford pertenece a lo que Eugenio D’Ors llamó la familia de los genios claros, la familia de Homero y los grandes pintores renacentistas, de esos “seres dichosos que van de la sombra a la luz sin esfuerzo, que tienen el don de la luz”. En una escena de Corazones indomables la protagonista ve a su esposo, contemplando a su hijo dormido, y conmovida por el regalo de este momento de paz en un mundo lleno de traiciones y muertes, se sienta en las escaleras y exclama: “¡Dios mío, haz que todo permanezca así para siempre!”. Lo maravilloso nos enseña a ver lo más cercano con los ojos de la gratitud y el asombro, los ojos del que ve la belleza del mundo y quiere cuidarla. En La pata de la raposa, de Pérez de Ayala, puede leerse: “Me habló usted siempre de las cosas extraordinarias con tanta naturalidad, que yo me veía obligado a aceptarlas como cosas naturales, y de las cosas naturales con tanta intensidad, que yo descubría en ellas nuevos sentidos”.
Hemos dado la espalda a lo maravilloso y sólo el dinero parece tener el poder para dar valor a las cosas
John Keats decía que el poeta debía estar con los pies en el jardín y con los dedos tocando el cielo. Los antiguos relatos cumplían esa función, eran un puente entre lo divino y lo humano, entre el mundo de sueño y el mundo real. Lo maravilloso es abandonar el mundo de los dogmas y habitar el tiempo del relato, que es el tiempo de la contradicción y la libertad. Y no podemos vivir sin relatos, aunque los hayamos olvidado. Viven a través de nosotros, son el humus del que nos alimentarnos, la savia que protege nuestros pensamientos. La historia más realista de nuestros días encierra ecos de esas historias eternas. Todos los que en estos días han sufrido ante la fotografía del safari africano de Juan Carlos, han vuelto a contar en el mundo la historia del arca de Noé, salvador de los elefantes. Una pareja de enamorados entona cada noche el Cantar de los cantares, aunque nunca lo hayan leído. Una niña pequeña que imita a su madre, es como la ninfa Eco cuando loca de amor repetía por el bosque las palabras de Narciso. Los relatos de Las mil y una noches no hablan de un mundo ajeno al que conocemos, sino de esas otras vidas que hay en cada uno de nosotros. Miles de niños nacen en el mundo cada día, y miles de mujeres se enfrentan a esa experiencia única que es tener un hijo, y sin embargo apenas se las presta atención. La historia de María y el ángel nos permite interrogar ese instante, preguntarnos qué sucede de verdad en él. En cierta forma, cualquier mujer, al tener el niño que desea, vuelve a contar en el mundo la historia de María y su hijo y en su silencio cuando le contempla dormido en sus brazos está su gozo por el milagro de su nacimiento y su temor a todo lo malo que pueda sucederle.
Los viejos relatos no nos alejan del mundo, lo vuelven habitable y común, lo llenan de sentido. En sus reportajes sobre el juicio al juez Baltasar Garzón, por los crímenes del franquismo, la periodista Natalia Junquera nos contó en este mismo periódico la historia de una pobre niña a la que llamaban “la hija del hojalatero que tiraron a los pozos”, y que con 90 años aún seguía recordando a su madre y a otras mujeres del pueblo llevando a escondidas flores a los pozos porque no sabían dónde estaban los cuerpos de sus maridos e hijos asesinados. Lo maravilloso es empeñarse en seguir llevando flores a los pozos aunque la razón nos diga que no sirve de nada.
 Gustavo Martín Garzo es escritor.

Un drone en el aeropuerto de Kandahar (Afganistán). / MASSAUD HOSSAINI (AFP)


La guerra de los drones

El presidente de EE UU dirige personalmente las operaciones de los pájaros metálicos de la muerte en Yemen, Somalia y Pakistán.


Barack Obama dirige personalmente la última de las guerras norteamericanas, una que no ha sido declarada y se libra en los territorios de Yemen, Somalia y Pakistán. No combaten en ella soldados estadounidenses de carne y hueso, su lugar lo ocupan unos pájaros metálicos con licencia para matar llamados drones. Son los Predator y Reaper, fabricados por General Atomics en California, y van armados con misiles Hellfire, producidos por Lockheed Martin en Alabama.
Los ataques norteamericanos con aviones no tripulados por un ser humano se han multiplicado en los meses de abril y mayo, confirmando el entusiasmo creciente de Obama por esta forma de combate, la primera verdaderamente propia del siglo XXI. Es un combate sin cuartel, en el que el bando más poderoso no arriesga a su gente, reemplazada por letales robots teledirigidos.
Objetivo de esos ataques son supuestos dirigentes y militantes de Al Qaeda y grupos yihadistas asociados. Se trata de exterminarlos físicamente antes de que actúen, así que la guerra de los drones de Obama combina el carácter “preventivo” de las aventuras bélicas de George W. Bush con el derecho que siempre se ha otorgado Israel a efectuar ejecuciones extrajudiciales en cualquier parte del mundo.
Esta semana, Jo Becker y Scott Shane han publicado en The New York Times una extraordinaria información que detalla cómo Obama autoriza en persona quiénes serán los blancos de las acciones de los drones en Yemen, Somalia y Pakistán. Eso ocurre en unas reuniones del equipo antiterrorista de la Casa Blanca que se celebran semanalmente en la sala de crisis (Situation Room). En ellas se le presenta al presidente la lista de los condenados a muerte (Kill List) que han sido localizados, y este, tras estudiarla caso por caso, da o no su luz verde.
Obama ha encontrado en los drones el instrumento que le permite mostrarse duro y eficaz en la guerra contra Al Qaeda que declaró Bush tras el 11-S, a la par que evita muchos de los avisperos en los que se metió su predecesor, como relata Daniel Klaidman en su reciente libro Kill or Capture: The War on Terror and the Soul of the Obama Presidency. Obama, recuérdese, se opuso a la invasión de Irak y a los secuestros, torturas y campos de concentración como Guantánamo que caracterizaron la época de Bush. Con los Predator y Reaper sustituye esto último por ejecuciones. “Los drones”, escriben Becker y Shame, “han remplazado a Guantánamo”.
No se toman prisioneros, no se arriesgan vidas norteamericanas y, el hecho de actuar con mando a distancia, anestesia la posible mala conciencia: ideal para Obama. En sus primeros tres años en la Casa Blanca, habría aprobado personalmente 268 ataques con drones, cinco veces más que en los ocho años de Bush, según informa Christopher Griffin en un reportaje publicado por Rolling Stone: The Rise of de Killer Drones: How America goes to War in Secret (El ascenso de los drones asesinos: cómo Estados Unidos hace la guerra en secreto).
Miles de personas habrían muerto en esos ataques, incluidos no pocos civiles. La guerra secreta de Obama, escribe Griffin, “supone la mayor ofensiva aérea no tripulada por seres humanos jamás realizada en la historia militar: nunca tan pocos habían matado a tantos por control remoto”.
Los drones son populares en Estados Unidos, del mismo modo que lo es la política antiterrorista de Obama, que, entre otras cosas, consiguió matar a Bin Laden en 2011, aunque fuera en una acción de comandos clásica. No obstante, minoritarios sectores defensores de la legalidad democrática y los derechos humanos le ponen reparos. La mano derecha en esta materia de Obama, John Brennan, un veterano de la CIA, ha sido llamado el Zar de los Asesinos.
Para comenzar, estas ejecuciones son preventivas —antes de que se haya cometido el delito— y sumarias —sin el menor rastro de intervención judicial—. Y ya han incluido, el pasado 30 de septiembre, en Yemen, a un ciudadano norteamericano, Anwar Al Awlaki, un predicador yihadista supuestamente vinculado a Al Qaeda.
“Este programa descansa en la legitimidad personal del presidente”, informan Becker y Shame tras consultar a expertos de dentro y fuera del Gobierno norteamericano. O sea, las ejecuciones a distancia son legales porque el presidente así lo decide.
Y luego está la cuestión de las eufemísticamente llamadas “bajas colaterales”. Algunos ataques con drones han causado decenas de muertes de civiles, incluidos mujeres y niños, como el que abatió en Yemen en diciembre de 2009 a Saleh Mohammed al-Anbouri. Las víctimas tuvieron que ser enterradas en fosas comunes porque sus cuerpos habían quedado despiezados e irreconocibles.
En salom.com, Jefferson Morley ha publicado un reportaje, El rostro de los daños colaterales, donde cuenta la historia de Fatima, una niña muerta en la noche del 21 de mayo de 2010 cuando una oleada de misiles Hellfire trituró un grupo de casas en una aldea montañosa del Waziristán septentrional, en la frontera entre Afganistán y Pakistán. La operación, dirigida y ejecutada por la CIA como todas las de este tipo, buscaba abatir a un egipcio llamado Yazid o Said al Masri, presunto dirigente de Al Qaeda. Pero Fátima no tenía nada que ver con él, solo era un habitante de la aldea.
Las autoridades de Pakistán y Yemen, aliadas en teoría de Estados Unidos frente a Al Qaeda, han protestado tanto por la violación flagrante de sus soberanías como por la muerte de mucha gente que no tenía nada que ver con este asunto. Sienten, además, que esta guerra secreta les desestabiliza y da argumentos a los yihadistas. Sólo en Pakistán, según informa Seumas Milne en The Guardian, los drones habrían matado a unas 3.000 personas, de las cuales un tercio eran claramente civiles.
En 2011, la Fuerza Aérea de Estados Unidos entrenó a más guías de drones (los tipos que los dirigen desde una base, armados con un joystick y sentados frente a una pantalla de ordenador) que a verdaderos pilotos de cazas y bombarderos.
La apuesta por la guerra tecnológica fue adoptada por el Pentágono tras el desastre de Vietnam. En el futuro, las guerras imperiales de Estados Unidos se irían librando cada vez más con menor riesgo para sus soldados. El modelo a seguir lo aportó Hollywood con Star Wars. Científicos y fabricantes de armas debían poner en pie un ejército de robots que sustituyera a la tradicional carne de cañón.
Diseñados originalmente para el espionaje, la vigilancia y el reconocimiento, los drones comenzaron a ser usados masivamente por Estados Unidos para identificar y matar objetivos humanos tras el 11-S (las guerras yugoslavas les habían servido de prueba). Los Predator y sus sucesores, los aún más mortíferos Reaper, fueron ganando protagonismo en las guerras de Afganistán e Irak y en las operaciones contra Al Qaeda en Yemen y Somalia. A partir de 2008 comenzaron a actuar también en Pakistán.
Los albañiles ya no cantan en los andamios. Es un hecho constatado. Puede que no canten porque ven amenazado su puesto de trabajo o porque ya se han extinguido los pasodobles, el repertorio de siempre. En todo caso el silencio de los andamios significa, más allá de la crisis económica, que en este país se ha pasado página al libro de la historia. Había miseria y dictadura cuando en cada bastida un paleta o algún peón canturreaba las coplas de Antonio Molina o de Juanito Valderrama, que solo interrumpían para lanzar un grito ibérico si pasaba una chica explosiva por la acera. En efecto, eran tiempos duros, de odio y anís del Mono, pero en este país desde la posguerra se estaba abriendo de forma inexorable un compás hacia el optimismo, el mismo que ahora parece cerrarse. Desde el hambre y la sórdida penumbra, color tábano, cada paso siempre era hacia la luz del fondo del túnel. Se acabó el racionamiento; se cambió la alpargata por los zapatos de Segarra y el pollino por la vespa; llegó la nevera a la cocina, el televisor al salón, las turistas con el bikini a las playas; cantaban los Beatles y las chicas se dejaban besar. La expansión económica generó a la clase media del 600 y del pollo al ast. Triunfaban las gambas al ajillo después de misa de doce. La muerte del dictador trajo la libertad. Con la especulación inmobiliaria, bajo la cruz de las grúas, los albañiles entonaban canciones melódicas, a medias con el chirrido de las poleas y el contrapunto de las herramientas. Hoy nadie canta mientras trabaja. Se trata de un fenómeno extraño. El silencio de los andamios se corresponde con el que se ha producido en los patios de vecindad donde las criadas vertían las coplas de La Piquer. Puede que hoy la vida no esté para coplas, puesto que el compás se está cerrando hacia la penumbra de mañana y la crisis después del despilfarro amenaza con meternos el pie de nuevo en la dura horma de los zapatos de Sagarra. Las grúas paralizadas, que antes izaban hasta el cielo los huevos de oro del especulador, se han convertido en árboles del ahorcado, en cruces de otro calvario y las obras paralizadas están a merced de los murciélagos y de las ratas. El silencio de los andamios es, en realidad, la última canción protesta, la música callada de los corderos.

Manuel Vicent

Plantar alcachofas en la Casa Blanca.

Tiene una hermosa voz”, dice Michelle Obama de su marido, “y a mí me canta muy a menudo”. Puede que el becario Barack la enamorara por el oído cuando la conoció en el bufete de los abogados Sidley & Austin, en Chicago, donde ella trabajaba. La voz del presidente Barack Obama es oscura y aunque hable de política, de derechos sociales, incluso de inevitables bombardeos, tiene la cadencia de un blues. Sus discursos fluyen con ritmo sinuoso, a veces sincopado, al que solo le falta acompañarlo con los golpes contra la tapa del libro sagrado para crear el contrapunto, como lo hace un predicador negro de cualquier capilla de Harlem en los oficios religiosos del domingo.
Frente a este swing envolvente de Barack Obama, que oscila en torno a un eje interior, la sensación que da Michelle es la contraria. Esta mujer parece una roca afirmada en el suelo, fuerte e inconmovible. Basta con ver a la pareja bajar por la escalerilla del avión presidencial. Barack desciende con un trotecillo muy flexible, doblados los brazos junto a la cintura, sonriendo de lado. Al instante aparece su esposa detrás, en la puerta de la aeronave, con la sonrisa abierta a merced de una dentadura insoslayable, con sus caderas potentes y firmes, como las de una maternidad arcaica. De hecho, las divinidades más antiguas fueron femeninas y negras. El poderío físico parece estar en manos de esta mujer.
Las primeras damas de Estados Unidos han dejado, cada una, un rastro distinto, más allá de cambiar las alfombras, tapizar los tresillos, empapelar las paredes de la Casa Blanca y dejarse vestir por un determinado modisto. Eleonor Roosevelt fue escritora, diplomática, intrigante, envuelta en una sexualidad turbia; la mujer de Eisenhower, la famosa Mamie, transformó el triunfo de la Segunda Guerra Mundial en una sonrisa bondadosa de arroz con leche; Jacqueline Kennedy, esnob, afrancesada, se dedicó a coleccionar artistas e intelectuales mientras el presidente fornicaba por los ascensores, una al día, como en la dieta de la manzana; lady Bird, la mujer de Lindon John­son, tuvo un perfil de siniestra señora Macbeth con el cadáver de Kennedy a la espalda; luego están Rosalynn Carter, anodina; Barbara Bush, superpetrolera tejana; Nancy Reagan y Laura Bush, con estilo de muñecas Barbie, capaces de hacer inmejorables tartas de calabaza.
Hillary Clinton ya fue otra cosa: un extraño caso de feminista y esposa humillada por el manirroto sexual de su parido, un trauma que superó solo por la ambición. Su inteligencia se midió frente a la magia social de su contrincante demócrata Obama y perdió la nominación. En el camino hacia la Casa Blanca se cruzó con Michelle, y el contraste entre las dos mujeres es digno de la más envenenada sociología. Después de haberse dejado las uñas arañando el poder, Hillary Clinton conocía todos los trucos y atajos de la política, pero frente a su experiencia profesional Michelle Obama representaba, incluso por su figura física, el impacto de la naturaleza, una sensación terrenal, despojada de cualquier vicio. No importaba que esta mujer, hija de un simple trabajador de los servicios hidráulicos de Chicago y de un ama de casa, por su esfuerzo personal se hubiera licenciado en Princeton para graduarse después en Derecho por Harvard. Su marido había nacido en Hawai de un padre intelectual africano y de madre blanca, educado con incrustaciones musulmanas en Indonesia; en cambio, Michelle viene desde el fondo de la esclavitud, negra por los cuatro costados, de una estirpe que ha pasado el control de calidad a lo largo de innumerables sacrificios. Si sus antepasados, negros esclavos, levantaron la Casa Blanca, la llegada de esta mujer a sus salones es el último desafío de la historia.
Una primera dama de Estados Unidos debe aportar su estilo, adscribirse a una causa, de acuerdo con la bondad universal. Michelle Obama ha decidido crear una huerta ecológica, un jardín comunitario en la trasera de la Casa Blanca, que sirva de ejemplo de una dieta sana, de una vida natural. Dedicarse a plantar y cultivar rúcula, repollo, brócoli, guisantes, zanahorias y alcachofas a la sombra del Ala Oeste mientras en el Despacho Oval se prepara una lluvia fértil de acero sobre Irán puede ser una idea revolucionaria. Los niños norteamericanos están demasiado gordos. La obesidad infantil es ya un escándalo social. También Michelle Obama tiene una tendencia a engordar y ha tomado la iniciativa contra la grasa propia y ajena. Está muy vigilada. Un día fue sorprendida devorando una hamburguesa y tuvo que arrepentirse de ese pecado. No obstante, ahí están sus potentes caderas, de maternidad arcaica, como dos asas donde el presidente Obama puede agarrarse cuando la historia comience a temblar bajo sus pies.

Manuel Vicent.
Nos sobran las palabras .

Si hubiera que dar nombre a lo sucedido en el año que va desde que se gestó el 15-M sólo podríamos decir: pufo. No por el movimiento cívico, sino por aquellos que hicieron lo posible por asordinarlo, por rebajar su frágil confín colectivo, por asestarle una perversa cifra de delito. Como si el clamor cabreado de la peña fuese un exceso cuando la vida iba bien. Han pasado 12 meses y este país ha sido degradado definitivamente a quincalla, a surtidor de gente oscura que un día fue anunciada como se anuncian los donceles (Rato), los confusos mesías (Rajoy), los redentores de su propia estafa (Rubalcaba). Estos y otros tantos que han sido confirmados por el tiempo como filfa y rémora desastrosa.

No hemos ido a mejor. No han servido de nada sus recetas, su mercromina de mitin, el falso charol de sus promesas. Ellos no tienen la clave de esta parada salvaje y de su idioma cóncavo sólo salen más mentiras, más problemas. El próximo martes se cumplirá el primer aniversario del 15-M y alguien tendrá que recordar aquel día en que se incubó el origen de un estallido social que no alcanzó (de momento) más que a decir: sabemos que no sabéis. Pero como escribe Ángel Antonio Herrera en su nuevo libro de poemas: «Quien ensaya un afán promueve un epitafio».

Todo fue confiar con desgana en esta reata de impotentes políticos y ponerse la vida a caer sin freno. España es hoy el holograma de un país gripado por la lujuria de la corrupción y el luto del chalaneo. Ahora el temor de nuestros poderes fácticos es que nos helenicemos (son muy cursis), cuando son ellos quienes nos hacen a cada rato más griegos. Lo de Bankia no es un síntoma, sino el resultado de años de desfalco, de arrogancia, de mentiras, de saqueo. La nacionalización llega tarde. No será el Estado quien cubra el butrón, sino nosotros. Y eso no resulta elegante. Este pornazo no debiéramos pagarlo a escote, siquiera por víctimas de tanta plusvalía esfumada. Venimos observando que la política española se está tomando libertades propias de trilero. Somos una sociedad anónima en quiebra que cuando dijo en voz alta que su modelo no molaba se le aplicó un régimen de sospecha. ¿Fue para esto? ¿Para ensañarse con más furia? ¿Para premiar la evasión fiscal? ¿Para acabar con la Sanidad pública? ¿Con la Educación? ¿Con la universidad? ¿Con la investigación científica? ¿Con los derechos laborales? ¿Para acelerar el hoyo del pensionista? ¿Para proteger a los que han rebajado el puto Estado del Bienestar a categoría de tragaperras? Hay un futuro que se abalanza irremediablemente sobre el pasado. Cuando volvamos a las plazas no preguntéis qué sucede. Debiérais saber que de nuevo es por vosotros. A mí me avergonzaría.

Nos sobran los motivos, de Antonio Lucas en El Mundo | Reggio's

La revuelta de lo superfluo.

Las lentes conceptuales para comprender la nación están cambiando. No basta con limitarse a Francia para localizar las causas de la quema de los suburbios franceses, ni sirven los conceptos en principio incuestionables de "desempleo", "pobreza" y "jóvenes inmigrantes". De hecho, se está produciendo un nuevo tipo de conflicto del siglo XXI. La pregunta clave es la siguiente: ¿qué ocurre con los que quedan excluidos del maravilloso nuevo mundo de la globalización?
La globalización económica ha llevado a una división del planeta que ha quebrado las fronteras nacionales, con lo que han aparecido centros muy industrializados de crecimiento acelerado al lado de desiertos improductivos, y éstos no están sólo "ahí fuera" en África, sino también en Nueva York, París, Roma, Madrid y Berlín. África está en todas partes. Se ha convertido en un símbolo de la exclusión. Hay un África real y muchas otras metafóricas en Asia y en Suramérica, pero también en las metrópolis europeas donde las desigualdades del planeta en su tendencia globalizada y local van dejando su impronta tan particular. Y las definiciones de "pobre" y "rico", que parecían eternas, se están transformando.
Los ricos de antes necesitaban a los pobres para convertirse en ricos. Los nuevos ricos de la globalización ya no necesitan a los pobres. Por eso los jóvenes franceses son inmigrantes africanos y árabes que soportan, además de la pobreza y del desempleo, una vida sin horizontes en los suburbios de las grandes metrópolis. Porque las nociones de "pobreza" y de "desempleo", tal como nosotros las entendemos, proceden de las tensiones de poder de la sociedad de clases propia de un Estado nacional. Es de suponer que, para grupos cada vez más extensos de la población a lo ancho del planeta, es cada vez menos válido que la pobreza es una consecuencia de la explotación y que en este sentido ésta sea útil -la pobreza de unos crea la riqueza de otros-. Esta premisa histórica se ha roto.
A la sombra de la globalización económica, cada vez más personas se encuentran en una situación de desesperación sin salida cuya característica principal es -y esto corta la respiración- que sencillamente ya no son necesarios. Ya no forman un "ejército en la reserva" (tal como los denominaba Marx) que presiona sobre el precio de la fuerza de trabajo humano. La economía también crece sin su contribución. Los gobernantes también son elegidos sin sus votos. Los jóvenes "superfluos" son ciudadanos sobre el papel, pero en realidad son no-ciudadanos y por ello una acusación viviente a todos los demás. También quedan fuera del mundo de las reivindicaciones de los trabajadores. ¿Qué son para la sociedad? "¡Un factor de gastos!". La "poca utilidad" que les queda es que se mueven por el odio y una violencia sin sentido; al final incluso provocan destrozos, y con este drama real que asusta a los ciudadanos ofrecen a los movimientos y políticos de derechas la posibilidad de destacarse.
En Alemania, pero también en muchos otros países, se cree de manera realmente obsesiva que hay que buscar las causas que llevan a los jóvenes inmigrantes alborotadores a la violencia en las tradiciones culturales de origen de estos inmigrantes y en su religión. Los estudios empíricos sobre esta cuestión, realizados por excelentes sociólogos, demuestran lo contrario: no se trata de los inmigrantes que no se han integrado, sino de los que sí lo han hecho. Mejor dicho: hay una contradicción entre la asimilación cultural y la marginación social de estos jóvenes, que alimenta su odio y su predisposición a la violencia. Pues no se trata precisamente de inmigrantes anclados en su cultura de origen, sino de jóvenes con pasaporte francés, que hablan perfectamente el francés y que han pasado por el sistema escolar francés, pero a los que, al mismo tiempo, la sociedad francesa de la igualdad los ha marginado en auténticos guetos "superfluos" en la periferia de las grandes ciudades. Los deseos y las opiniones de estos jóvenes asimilados cuyos padres eran inmigrantes, apenas se distinguen de los de los grupos de la misma edad de sus países de origen. Al contrario: están bastante cerca de ellos, y precisamente por ello se aprecia el racismo que hay en la marginación de estos grupos de jóvenes heterogéneos tan terriblemente agrios y, por lo demás, tan escandalosos.
Se puede formular con una paradoja: una escasa integración de la generación de los padres desactiva los problemas y los conflictos, y una buena integración de la generación de los hijos los agrava. Los padres de los jóvenes alborotadores, que emigraron del norte de África y que siguen vinculados a su lugar de origen, compensan su integración escasa y la discriminación abierta con el ascenso social que, a pesar de todo, han vivido. Aceptan su condición de marginados mejor que sus hijos, quienes han perdido el contacto con el lugar de origen africano, y ahora, heridos en su dignidad de franceses, están creando su propio folclore con una "Intifada francesa". Esto explica que los jóvenes actores de la revuelta de los suburbios se refieran a su situación en términos de dignidad, derechos humanos y marginación. Pero de manera sorprendente no se refieren en absoluto al trabajo, aunque no tengan.
Las élites de la economía y de la política no desisten de la idea de pleno empleo. Por consiguiente, les afecta un extraño daltonismo que les impide medir la dimensión de la desesperación que se extiende en los guetos superfluos, los cuales se ven aislados de una vida segura y ordenada mediante un trabajo remunerado. Tanto los partidos de la izquierda como los de la derecha, los nuevos y los viejos socialdemócratas, los neoliberales y los nostálgicos del Estado social no quieren admitir que en un contexto de aumento del desempleo hace tiempo que el trabajo ha pasado de ser un "gran integrador" a convertirse en un mecanismo de marginación. Evidentemente, es falso afirmar que no hay suficiente para todo el mundo, pero el trabajo que antaño creaba seguridades que se consideraban adquiridas dis-minuye rápidamente, incluso detrás de la fachada del pleno empleo. Por todas partes hay nuevas formas de desempleo oculto. Algunos lo llaman '1euro job'; otros, 'formación', y aun otros, 'hacerse autónomo'.
La verdadera miseria se manifiesta en el último eslabón de la jerarquía de la formación: los trabajos para jóvenes con un título educativo de bajo nivel o sin título alguno se convierten en trabajos automatizados o se ponen a salvo en países con sueldos más bajos. Por eso, en toda Europa la escuela primaria amenaza con convertirse en el muro del gueto, tras el que los grupos con un estatus más bajo quedan atrapados en el desempleo permanente y la ayuda social. La formación, que de manera previsible acaba siendo "superflua", se convierte en foco de "violencia molecular" (Enzensberger) que ya sólo persigue complacerse a sí misma. Pero la política y la economía, influenciadas por la ortodoxia del pleno empleo, se olvidan de la pregunta clave: ¿cómo pueden las personas llevar una vida razonable si no encuentran un empleo?
La intranquilidad que en toda Europa han causado las llamas nocturnas de París se traduce en la siguiente inquietud: ¿tenemos que contar con que a partir de ahora, además del peligro de atentados terroristas, existirá el peligro de incendios intencionados y que ello se convertirá en una constante de la vida cotidiana y del debate político? Nadie puede hoy responder a ello. Pero puede tener sentido contrastarlo con la historia relativamente exitosa de Alemania. Aunque en la monotonía del malestar alemán el multiculturalismo se haya dado mil veces por muerto, existe en Alemania una extensa clase media turco-alemana que crea puestos de trabajo. Aquí el título escolar tampoco facilita ningún trabajo. Pero los jóvenes que se ven afectados no son de color, no viven apretujados en pisos lóbregos y son heterogéneos: hijos de expatriados, turcos que se han criado en Alemania y jóvenes alemanes sin trabajo cuya rabia se concentra contra todo lo "extranjero" (también contra los hijos de expatriados y de turcos alemanes).
Por eso mismo no hay que cambiar las soluciones políticas -quizá habría que introducir la "discriminación positiva", así como la contratación selectiva de profesores, policías, trabajadores sociales conocedores de la inmigración-, porque en el fondo se trata de un conflicto de reconocimiento cultural. Los conflictos de reconocimiento son juegos de sumas positivas en los que todos pueden salir ganando, distinto de los conflictos de reparto material, en el que uno sale ganando cuando el otro pierde. Pero esto supone un cambio automático de la propia imagen de la sociedad mayoritaria.
Ocurre lo contrario: que el racismo inocente de los falsos conceptos es tan evidente que nadie se da cuenta de él. Se habla de inmigrantes, pero nos olvidamos de que son franceses. Se pone en el punto de mira al islam, pero se ignora que a muchos de los incendiarios les importa un bledo la religión. Se evoca la importancia del origen y no se quiere admitir que las llamas surgen del haber nacido aquí, de la exitosa asimilación y precisamente de la Égalité que han interiorizado.
Se trata de una sublevación airada típicamente francesa contra la dignidad herida de los superfluos y a favor del derecho a ser iguales y diferentes. Lo mínimo para reconocerles sería que la superficie incendiada del odio que amenaza con declararse en todo el mundo no se minimizara rebajándola a la categoría de zombi. Pero esto ya parece que es pedir demasiado.
Ulrich Beck es profesor de Sociología en la Universidad de Múnich. Traducción de M. Sampons.
JEAN SEBERG: Bienvenida tristeza

Ella no me hacía caso, todo por culpa de su hermana. Había intentado besarla en la oscuridad del portal de su casa y acabó por contárselo a su hermana. Yo le decía que no era cierto, que le mentía, pero ella y yo sabíamos que el motivo era otro. Ella había notado el parecido con la chica de mi póster. Era como una obsesión. Era ella, Jean Seberg. Con sus dedos señalando el número de sus amantes. Una imagen robada del cine Goya unos años antes. Estaba a mis espaldas cuando dormía y cada noche soñaba con pelearme con ella en aquella cama.
La conocí en aquella película, como todos, bajando Les Champs Elysées vendiendo periódicos, con el pelo corto y una camiseta del New York Herald Tribune. Era A bout de soufflé de Jean-Luc Godard. Y me enamoré de ella.
Busqué y rebusqué, le pregunté a todo el mundo, lo quisé saber todo sobre ella y, al final, robé aquel póster y lo colgué en mi habitación. Se llamaba Jean Seberg y era americana. Sí, americana, no francesa. Hasta los diecisiete años fue una chica normal de algún pueblecito normal del medio de los Estados Unidos. Poco sé de ella hasta que Otto Preminger la escogió para protagonizar su versión de Santa Juana de Arco.
Jean vive su vida
La vida de Jean Seberg es un completo misterio, con hipótesis sobre sus inclinaciones políticas, sexuales, sus adicciones y su propia muerte. De ella se sabe que estudiaba en la universidad de Iowa hasta que fue elegida para hacer el papel de Juana de Arco. No existen muchos datos sobre su vida anterior. En ese momento, 1957, su vida da un giro y se convierte en un personaje odiado por los más fundamentalistas cristianos estadounidenses y admirado por los sectores más progresistas, debido al talante que le inquiere al personaje de Juana de Arco. Al año siguiente, Otto Preminger, que se ha quedado prendado del halo interpretativo que desprende, la elige para protagonizar la versión cinematográfica de la novela más de moda del momento, Bonjour tristesse, de la escritora francesa Françoise Sagan. El personaje de Cecille, pensado en principio para ser interpretado por Audrey Herpburn, lo encarna con tal convicción que hasta los franceses de la nouvelle vague piensan que la tal Jean Seberg es en realidad de origen francés. Sería Jean-Luc Godard quién, al año siguiente en 1959, la elige como protagonista de su opera prima, la inolvidable A bout de souffle, el nacimiento del cine moderno. Una película que cambiaría la vida de toda una generación de adolescentes, y no tanto, interpretada por un jovencisimo Jean Paul Belmondo y que también cambiará una vez más la vida de nuestra Jean.
 
Es una estrella ahora. Todos los chicos se enamoran de ella y todas las revistas de moda quieren tenerla en su portada. Se convierte en el referente de todas las chicas, con su pelo a lo garçon y sus hipsters de pata de gallo. Inaugura lo que más tarde será explotado hasta la saciedad por toda la escena mod y sixties, el pop-art le debe mucho a esta mujer.
A caballo entre Europa y los EEUU, la carrera cinematográfica de Jean Seberg tambalea con facilidad. Excepto su inclusión en Saint Joan, Bonjour Tristesse y A bout de souffle, los otros papeles que lleva a cabo son pequeños y en coproducciones de bajo presupuesto. Hasta que en 1964 protagoniza al lado de otro sex-simbol, Warren Beaty, la última película de Robert Rossen, Lilith. Una historia bastante oscura y de trama psicológica sobre un hospital de enfermos mentales. Su papel es bastante complicado y la película es ahora una joya no sólo por su presencia sino también por su fuerza visual y por las presiones políticas que sobrevolaban el rodaje; no en vano, el director era uno de los perseguidos por Mcarthy en su caza de brujas.
Godard la vuelve a llamar ese mismo año para protagonizar un episodio de Les plus belles escroqueries, pero el resultado no será comparable al éxito de A bout de souffle. Jean siempre será la chica que vendía periódicos en les champs elysses.
Para nuestra suerte Jean aceptará la oferta de Jean Becker de rodar en España una película con Belmondo títulada “A escape libre” y que a gusto de alguno de nosotros muestra una imagen mucho más erótica y sofisticada de Jean. El argumento es bastante malo pero la imagen ofrecida por nuestra admirada es suficiente para que engrose en la lista de esas películas que visionamos con frecuencia.
Une femme marieé
Jean estaba casada con Romain Gary y aunque su vida de casada era más o menos buena estaba frustrada por no tener hijos. Algo que la llevaba a mantener relaciones esporádicas con multiples amantes, en su mayoria jovenes desconocidos que conocía en rodajes y en sus escapadas nocturnas a fiestas llenas de excesos alcohólicos y experimentacion con alucinógenos. En alguna de estas fiestas comenzó a relacionarsela con un lider de los “terroristas” Black Panthers comenzando uno de los capitulos más turbios de la biografía de Jean. El hecho es que Jean tenía unas ideas políticas cercanas a la ultra-izquierda norteamericana, es decir, un peligro para la moral, política y sociedad americana de la época. Entre esos sectores con los que se la relacionaba estaban los Black Panthers, un supuesto grupo terrorista que gozaba de mucho prestigio en Europa y sobre todo entre los intelectuales franceses con los que Jean también estaba relacionada. Motivo por el cual el FBI comenzó a investigar su vida llegando a creer que se trataba de una espía que, a modo de mata-hari, portaba información de una lado al otro del atlántico. Además, en un momento dado se barajó la idea de que el hijo que iba a tener era del lider de la banda. Un niño que nunca nació porque con todo el revuelo que se armó y su adición a los barbituricos provocó que naciese muerto. Hecho que al FBI le valió para abrir otra investigación ya que temían que ella se hubiese provocado el aborto.
Todos estos motivos la llevaron de depresión en depresión durante el resto de su vida, deteriorando si cabe aún más la relación que mantenía con su marido.
Su carrera cinematográfica no levantaba el vuelo aunque mantenía su popularidad. Desde su papel en A escape libre solamente realizó otra serie de películas de bajo presupuesto y poco recomendables, intercaladas con pequeños papeles en dos películas de Claude Chabrol, otro de aquellos jovenes turcos de la nouvelle vague.

Es en 1969 cuando realiza otro de esos papeles a recordar. se trata de el western Paint your wagon ( La leyenda de la ciudad sin nombre ) de Joshua Logan, el director de la mítica película de Marilyn, Bus Stop. Junto a Lee Marvin, Jean Seberg se atreve incluso a cantar en la banda sonora, muy codiciada desde entonces. Una bella balada que nos descubre un nuevo talento en nuestra admirada. Y una oportunidad única, ya que nunca más se atrevería a cantar.
Entre sus amigos más cercanos se encontraba Nico, la cantante de la Velvet y actriz, modelo y mujer de Philippe Garrel, director de cine que la retratará en una película del año 74 titulada Les Hautes Solitudes, por desgracia inédita para nosotros, pero que por referencias sé que se trata de un filme en blanco y negro protagonizado por ellas dos y que recoge la vida cotidiana de una casa. Y además tiene como curiosidad que es muda. Pura vanguardia de la segunda generación de la nouvelle vague, ya duedora de la herencia del tan polémico mayo del 68, integrada por el propio Garrel y por mi admirado Jean Eustache, director de la polémica y fascinante La maman et la putain.
Dos años antes, en 1972, Jean se embarcará en otro proyecto peleagudo, una película de carácter político realizada en Francia por Ives Boisset, El atentado. Película en la que Jean se involucrará bastante y que le reportará algún premio por su interpretación magistral. Aunque no se trate de una gran película, merece la pena por su breve pero intensa actuación.
Ese mismo año es reclamada desde España por un Juan Antonio Bardem en horas bajas para interpretar a la madre de Marisol (sí habeis leido bien) en uno de esos pastiches pseudoeróticos que se estilaban por estos lares en los albores de la dictadura. La corrupción de Chris Miller, que así se llama el engendro, es la historia de una madre y una hija que se rifan e intercambian a los novios y mantienen una relación semi-incestuosa, que dará lugar a escenas bastante cutres y poco eróticas que llegaban hasta donde la, ya en horas bajas, censura permitia; es decir, muy poca cosa y risible vista en la actualidad.
En ese viaje a España sucede otro de los capitulos extraños dentro de la vida de Jean Seberg. Conoce a un joven meritorio, en aquellos entonces, Ricardo Franco, futuro director de cine de joyas tales como El desencanto de 1975. Comenzando una relación ocultada por ambos y secreta hasta hace unos años. Una relación de amor-odio que muchos años más tarde dará lugar al magistral guión y malograda última película de Ricardo, titulada Lágrimas negras y que protagonizó Ariadna Gil. Una película intensa sobre la relación que mantuvo durante algún tiempo con Jean. Una historia triste que habla de drogas, depresión, locura y amour fou. Una relación que estaba desde su comienzo maldita y que nunca ninguno de los dos quiso contar en primera persona. Aunque si habeis visto la película que se hizo hace unos años sabreis que fue muy dura y llena de inseguridades por las dos partes. Se trataba de dos personas acomplejadas y de un universo interior muy rico que se acercaron en un momento complicado en sus vidas, las cuales quedarán marcadas desde entonces hasta la muerte trágica de ambos.
Cabe decir que el guión de la película no deja de ser ficción. No se trata de una trasposición literal de su vida juntos.

Sí, también dirigió.
En 1974, Jean se puso por primera y última vez detrás de las camaras. Sería para rodar como directora una película que también pertenece inédita titulada The Ballad of the Kid y de la que apenas tengo información. Es una más de esas películas que se han quedado en el olvido como pueden serlo las películas que rodó Philippe Garrel a principios de los setenta o las de Eustache, Pialat, Rouch, Mekas, Anger, Zulueta o el propio Ricardo Franco. Pequeñas películas que sólo son visibles a veces en salas de las denominadas hace años, de arte y ensayo o en cine-clubs de los pocos que quedan esparcidos por nuestras tierras.
mother´s little helper
La última etapa de su vida transcurrió entre psiquiatricos y las casas de sus pocos amigos ( Nico y Garrel ). Jean se vio sumida en una gran depresión debida a los barbituricos y el alcohol. Algo demasiado típico para alguien que se ha convertido en un mito, pero cierto como su propia vida.
Nunca repuesta de su persecución por el FBI se dedicó a vagar por las calles de su llorado Paris, igual que una clochard cualquiera, en busca de su dosis y en la huida de si misma.
Intentando olvidar el dolor de no haber conseguido sus pequeños propósitos. Tan sencillos como dificiles de conseguir para alguién como ella. Tener un hijo y ser feliz tránquila y sola, rodeada de los suyos. Algo que no consiguió, ya que una sobredosis se la llevó en otra de sus escapadas hasta el último suspiro.
Después de varios días desaparecida alguién encontró su cadaver, medio descompuesto ya, cerca de un basurero en las afueras de Paris. Era el 7 de diciembre de 1979.
La foto que abajo veis es igual al poster que hay pegado en mi habitación, ese poster robado igual que los besos robados de Truffaut y que nos devuelve la imagen que más nos gusta de Jean. La juventud y casualidad de una mujer de vida triste que nos hace volar y sentir cuando nos acercamos a ella en esos trozos de cinta magnética que conservamos todavía y visionamos como adictos siempre que queremos recrearnos en la mirada y en la expresión de nuestra querida Jean Seberg.
Un mito más a añadir a la lista, pero no uno cualquiera, sino una mujer que simpre supo transmitir con sus gestos y su mirada, la limpieza o la perversidad de las mujeres que soñamos que nos quisieran.
Por cierto, aquella chica que se parecía tanto a ella desapareció de mi vida en algún momento, aunque a veces la veo entre las imágenes que se componen entre mi video y mi cabeza.

Bienvenida, tristeza. Y adiós.
GUILLERMO ARIAS